Estos no tienen grandes inventarios, viven el día a día, en medio del sol o el gua, sus ganancias les permiten sobrevivir o sobreaguar. No afectan a los comerciantes y empresarios organizados, además porque comprar en la calle no se tiene derecho a pedir garantía y también existe un gran riesgo para la salud si se compran alimentos porque estos están expuestos a toda clase de contaminación, una de ellas la pésima manipulación.
Es apenas obvio que las quinientas cincuenta mil familias cafeteras de Colombia o doscientas mil si es que acaso quedan después de la debacle de este sector y por la ruptura del Pacto Cafetero el día 4 de junio de 1989 salgan a protestar en calma, soliciten a quien es el jefe de Estado, Juan Manuel Santos Calderón, apoyo real, que no sean paños de agua tibia, como siempre ha sucedido con otras organizaciones que ven vulnerados sus intereses.
Nos gusta leer las columnas de escritores independientes y auténticos, uno de ellos y que se refiere a la celebración de los 50 años de creación del departamento del Quindío, José Nodier Solórzano Castaño, porque pone el dedo en la llaga, tituló su nota Jóvenes, pobres y pudorosos, para acabar con ese mito Quindío joven, rico y poderoso, expresión inocua, lacónica y maligna que se intronizó en toda esta pequeña región e hizo carrera a lo largo y ancho de la geografía colombiana. El daño que nos hizo fue irreparable.
Más que ingenuo ha sido el gobierno de Juan Manuel Santos Calderón pensar que las Farc quieren acabar con el conflicto interno, ya lo ha demostrado con la feroz arremetida contra la infraestructura eléctrica, minera, petrolera, secuestro de policías, entre otras acciones, que han generado reacciones fuertes y encontradas de los analistas más conspicuos del país.
Hay unas mentes obsoletas, decadentes y anacrónicas del periodismo quindiano que le cargan la mano al sector público, lo devora, denostan de él, pero nunca se han ocupado de quienes fungen en el sector privado, también con ausencias protuberantes que demandan relevos inmediatos.
En un país como Colombia donde la industria está resentida y que lo más inflacionario ha sido el precio de la gasolina, debió optarse en una disminución por galón de $ 1.000, pero fue de $ 400, en tanto galopa una jueva reforma tributaria que terminaría desactivando más el aparato productivo.