25 Diciembre - 2018

Una monja bogotana se inventó el Tutaina Tuturumaina

Inspirada en melodías ecuatorianas Berthilda Samper Acosta en la soledad de su convento creó la novena de aguinaldos que lleva un siglo rezándose. Si la Novena de Aguinaldos que por estos días se rezó con regocijo por millones de colombianos y buena parte de ecuatorianos se hicieran como hace dos siglos, muchos devotos se verían en grandes apuros para poder cumplir al menos con la más liviana de las penitencias recomendadas por la Iglesia en ese entonces.

Origen de Tutaina Tuturumaina
 
Por Vicente Silva Vargas, diciembre 23, 2016
 
 
Según la Novena para el aguinaldo, escrita por el fraile ecuatoriano Fernando de Jesús Larrea (Quito, 1700 – Cali, 1773), además de la confesión y la comunión, los feligreses debían dedicar una hora diaria de oración para luego rezar con fe la Novena que sugería «mortificaciones» muy serias para lograr «benignas influencias».
 
Por ejemplo, para el primer día se debían hacer «reverencias a las camisitas del Niño» y besar 33 veces el suelo. En el segundo se reverenciaban «los pañales de Jesús» y era necesario orar por las ánimas del Purgatorio. Para el tercero había que procurar el silencio durante todo el día. En el cuarto, era obligatorio un Rosario de 150 avemarías y en el quinto la penitencia incluía el Viacrucis. En el sexto eran de estricto rigor 50 actos de contrición y en el séptimo tocaba dar limosnas a los pobres y visitar enfermos. Los dos últimos días eran los más severos: en el octavo tocaba dormir en una cama dura y golpearse con una disciplina y en el noveno, la pena era postrarse siete veces ante el Divino Infante y, si fuera posible, ayunar con agua y pan.
 
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Ante semejante austeridad, digna del más severo de los monjes cartujos, ¿es posible imaginarse una Navidad como la actual, rebosante de opulencia y extravagancias? ¿Qué tal tomar solo agua en lugar de aguardiente, cerveza y güisqui o comer pan duro y desaliñado en lugar del jugoso pavo, el apetitoso pernil de cerdo o las rebosantes hallacas?
 
La respuesta, aunque borrosa, ha aparecido poco a poco en los últimos años en los que se ha fortalecido la figura de Bertilda Samper Acosta, una de las hijas del prestigioso político liberal y poeta colombiano José María Samper y la no menos famosa escritora Soledad Acosta de Samper. Bertilda ―nombre que corresponde a un anagrama de la palabra “libertad” con la que su padre quiso recalcar sus ideas democráticas― además de religiosa fue poeta y colaboradora habitual de reconocidas revistas bogotanas como La Mujer y Familia en las que firmó con el seudónimo de Berenice. Después de educarse en Francia, donde fue impregnada por el misticismo de su época, la joven que prometía ser tan buena escritora como sus exitosos padres, renunció al mundo material y se inclinó por la vida monástica al ingresar a la comunidad de la Orden de la Enseñanza donde adoptó el nombre de María Ignacia.
 
otra de larrea
 
El padre Larrea
 
La hermana encontró en su convento que desde los albores de la Independencia las monjas y las novicias rezaba en diciembre con mucha fe una Novena escrita en Lima, Perú, por el fraile quiteño Fernando de Jesús Larrea, teólogo, filósofo, respetado predicador, abnegado misionero en territorios inhóspitos de Perú, Ecuador y Colombia y fundador de prestigiosos colegios y seminarios en Quito y Cali. Además se enteró que pocos meses antes de morir, fray Fernando le envió su escrito como regalo desde la capital ecuatoriana a doña Clemencia Gertrudis de Jesús Caicedo Vélez Ladrón de Guevara de Aróstegui y Escoto, la fundadora del monasterio y del Colegio de la Enseñanza, la primera institución educativa para mujeres fundada en Bogotá, justamente la institución en la que Samper Acosta primero fue una simple monja y más tarde madre superiora.
 
Pese a que ese devocionario del franciscano era algo conocido en la capital colombiana, a Bertilda le pareció que ese trabajo escrito tal vez antes de 1770 y publicado por primera vez hacia 1884 según los documentos consultados, era excelente para ser rezado en conventos y capillas con mucha devoción, pero sin el sabor popular para llegarle a la gente común y corriente que, en su opinión, debía ser la primera en practicar la devoción al Divino Niño y extender la fe a la Sagrada Familia.
 
Los cambios de María Ignacia
 
Después de pensarlo y consultarlo durante meses con otras monjas, la religiosa consideró que era hora de darle un vuelco modernizador a las oraciones del padre Larrea con base en diversas invocaciones importadas en sus baúles europeos. El primer paso para armar una novena conforme a lo que ella consideraba era la idiosincrasia colombiana fue cambiarle el nombre a la introducción de fray Fernando ―llamada Primer día y leída solo el 16 de diciembre y no en los días restantes― para denominarla Oración para todos los días, aquella que dice «Benignísimo Dios de tanta caridad…» Luego, le hizo leves retoques a los textos originales de la Oración a Nuestra Señora ―llamada por Bertilda Oración a la Santísima Virgen― y a la Oración al Señor San Joseph, curioso título que ella sustituyó por la elemental designación de Oración a San José.
 
También le metió la mano a las Consideraciones para los nueve días incluidas en la vieja Novena al sustituir en su totalidad las dos reflexiones creadas por el cura Larrea y las siete restantes que él había tomado del libro Mística ciudad de Dios: historia divina y vida de la Virgen madre de Dios (1670), escrito por la clarisa española María de Jesús Ágreda. Para esta modificación, María Ignacia tradujo los libros El interior de Jesús y María, del jesuita francés Joseph Grou (1816), y Belén o el misterio de la santa infancia (1860), del sacerdote inglés Frederick William Faber. De uno y otro  tomó conceptos y montó, a su manera, las llamadas Consideraciones que en gran medida sobreviven a nuestros días.
 
Para hacer más corta la Novena ―que en tiempos de fray Fernando podía durar dos horas― borró de un plumazo y para siempre las nueve oraciones adicionales que el ecuatoriano había compuesto para ser leídas después de cada Consideración. En cambio, la Oración al Niño Jesús («Acordaos, ¡oh! dulcísimo Niño Jesús…»), es casi de su total cosecha porque se basó en la devoción al Niño Jesús propagada en Europa por Margarita Parigot, la carmelita descalza más conocida como Margarita del Santísimo Sacramento y a quien el Divino Infante se le apareció en 1636 para decirle: «Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado».
 
No satisfecha con las sustituciones, adiciones y modificaciones, la madre María Ignacia ―fallecida en 1910 a los 46 años de edad― se le ocurrió espantar el aburrimiento surgido por la solemnidad de los templos y conventos poniéndole música ‘pegajosa’ al «Dulce Jesús mío, mi niño adorado… ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!», la breve oración que iba intercalada entre los Gozos, que en ese entonces se llamaban Afectos y aspiraciones para la venida del Niño Jesús. Para facilitar la rima de su versión, Bertilda decidió extender el estribillo repitiendo y agregando palabras cortas: «Ven, ven, ven / ven a nuestras almas / Jesús ven, ven, ven, ven. / Ven a nuestras almas / Jesús ven, ven / a nuestras almas. / No tardes tanto, no tardes tanto, Jesús ven, ven».
 
Al igual que hizo con las oraciones creadas por Larrea, María Ignacia también eliminó las Jornadas que hicieron la santísima Virgen y San José de Nazaret a Belén, una serie de nueva narraciones que se leían después de los Gozos y que, según el historiador Carlos Valderrama Andrade, «servían de guía para los cambios que se van haciendo al pesebre a lo largo de los días de la Novena del aguinaldo en las iglesias franciscanas de Colombia».
 
Once de los doce versos cortos que alaban al Niño y que con el paso del tiempo pasaron a llamarse Gozos para todos los días, fueron modificados en su totalidad por la religiosa que los extendió, los reacomodó tomando palabras de uno y otro lado y les dio cierta coherencia para ser asimilados por la gente de su época. El único verso que sobrevivió a su cuchilla fue el último Gozo que remata toda la oración y al que curiosamente no le matizó música: «¡Ven Salvador nuestro por quien suspiramos…! ¡Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto!»  María Ignacia también simplificó el título del librito y el nombre original, Novena para el aguinaldo, lo transformó en Novena de aguinaldos, que es como se le conoce popularmente en Colombia y Ecuador.
 
Pedagogía y difusión
 
Al terminar su labor como compiladora, redactora, correctora de estilo y editora, a la devota le tocó otra misión por partida doble: convencer a la curia de las bondades de un novenario junto al pesebre para hacer de la Navidad una fiesta de todos los hogares y no solo de templos, conventos y monasterios, y conseguir la licencia eclesiástica para publicar su trabajo. Superados estos escollos con ciertas dificultades, su siguiente eslabón fue persuadir a la gente común y corriente para que también orara y alabara a Dios en sus casas sin la necesidad de tener a su lado a un sacerdote o a una religiosa para que dirigiera las plegarias.
 
Como si fuera poco, emprendió una intensa campaña pedagógica casa por casa de los más importantes barrios bogotanos para que los devotos ―la gran mayoría analfabetas― asimilaran la «divina esencia» de expresiones inusuales como «doliente amparo» y «llave de David» que correspondían más a la espesa Teología y al estilo literario de aquellos tiempos, campos en los que la monja-poeta era una estudiosa de tiempo completo.
 
Lo sorprendente es que esta obra literario-religiosa que hace parte de las tradiciones navideñas de Colombia y Ecuador se impuso año tras año en ciudades importantes como Bogotá, Cali, Medellín, Tunja, Cartagena, Popayán, Pasto, Manizales, Neiva y Bucaramanga y pequeñas poblaciones donde contó con el visto bueno de los obispos y párrocos pero sin ser una publicación oficial de la Iglesia. Así ha sobrevivido durante más de un siglo sin que los múltiples intentos para cambiarla, maquillarla, mejorarla, rediseñarla, desaparecerla o acomodarla a los tiempos reinantes, hayan logrado sus propósitos.
 
Inamovible
 
Ni siquiera el viraje impuesto por el Concilio Vaticano II a las ceremonias y rituales ni los ataques de todo género consiguieron desterrar frases como «Soberano beneficio”, «lumbre de Oriente», «sapiencia suma», «Adonaí potente» y tantas otras expresiones que muchas décadas después recitamos alegres y de memoria ―con fe o sin ella― y sin ponernos a pensar en asuntos teológicos o en interpretaciones gramaticales. Es más, intentar quitarle sus palabrejas o sus frases originales, sería inútil porque la gente del pueblo, la misma a la que ella dirigió su Novena cuando se aproximaba el final del siglo XIX, la quiere tal como es, sin ediciones modernas ni interpretaciones filosóficas ni sesudos racionamientos basados en la Teología.
 
El prestigioso periodista y escritor Daniel Samper Pizano, hermano de Ernesto Samper Pizano, expresidente de Colombia, tampoco logró desacreditar la obra de su parienta directa ―algo así como su tía abuela― cuando dijo en 1973 que la Novena de Bertilda era una «melcocha ideológica […] subterráneamente insuflada de un soplo negro y enlutado», tal vez para referirse a los gozos que hablan del «bienhechor rocío», la «raíz sagrada de Jesé» y el «fragante nardo».
 
En los años 90 la Arquidiócesis de Bogotá también intentó darle un toque renovador a la antiquísima Novena publicando un libro muy bien editado y que como muchos otros de su estilo en las navidades siguientes fue a parar a los archivos eclesiásticos donde quizá «more eternamente». Y por allá en 1977, el brillante sacerdote huilense Leónidas Ortiz Losada ―hoy en «altos ministerios» del Celam― redactó otra novena navideña pero su esfuerzo tampoco tuvo eco. En 2012, la Asociación para la Enseñanza ―Aspaen―, respetabilísima organización educativa vinculada al Opus Dei, también publicó su novena, la cual se reza en todos sus colegios pero que, como otras de su estilo, no tienen el encanto de los arreglos introducidos hace tantas décadas. En agosto de 2014 la Conferencia Episcopal Colombiana, por mandato de los obispos de todo el país, decidió publicar en internet su atractiva Novena Multimedia en la que combinó con acierto gran parte de los textos tradicionales adaptados por la madre con fragmentos de los Evangelios, reflexiones sobre la paz y la armonía y villancicos populares.
 
Aparte de estos esfuerzos, nada nuevo ha afectado el viejo cuadernillo que cabe en una mano y las frases ‘huecas’ y ‘cursis’, criticadas por su sobrino-nieto, el Viejo Daniel Samper, han «prosternado en tierra» a los escritores digitales, el computador, la Internet, las redes sociales y los smartphones que cuentan todo en milésimas de segundo sin dar mucho espacio para la reflexión.
 
Ojalá, cuando la algazara de panderetas, los coros destemplados y las pícaras sonrisas generadas por el «padre putativo» congreguen ante el pesebre a millones de católicos de la atribulada Colombia, se recuerde con gratitud, afecto y admiración a fray Fernando y a la madre María Ignacia. Al primero, por su formidable creación de hace 244 años (en 2014) y a la segunda, por reencauchar ―como llamamos los periodistas en Colombia a la actualización noticiosa― y convertir en «suave cayado» algo tan serio como un novenario de adoración al Niño Dios.
Fuente: Las2orillas