16 Diciembre - 2019

Se nos fue el poeta del rocío, Mario Sirony

Son ya demasiados los poetas quindianos que se han ido de este mundo terrenal, siempre los recordamos aquí porque asistíamos a los encuentros de escritores, ahora el turno fue para Mario Sirony Vega Salazar, hermano del también poeta ya fallecido Gastón Vega.

Mario Sirony, el poeta de Salento y del rocío
 
Mario Sirony, el poeta de Salento y del rocío
El interés sobre el poeta que se fue nos ha llevado a buscar en los anaqueles de las bibliotecas sobre sus poesías y sus escritos.  
 
Todas las mañanas, como un mensaje de lozanía, expelen las hojas de la mata de “bronce” de la sala de mi casa las gotitas de rocío, a pesar de estar en un ambiente interior.  Esa manifestación meteorológica, el rocío, se muestra con toda magnificencia en la naturaleza pródiga que nos rodea en el Quindío. Pero sobretodo en los lugares de la montaña cordillerana de Salento, donde el fenómeno tuvo que inspirar a un escritor de esta tierra, quien acaba de fallecer. Rafael Lema Echeverri lo llamó “el poeta del rocío”.
 
Su nombre, pero también su seudónimo, Mario Sirony.  Nos enteramos de su deceso el 6 de diciembre de 2019, gracias a la noticia radial y a la nota luctuosa que apareció en un comentario de la prensa escrita.  De momento la nota triste me impactó, igual que todas las que nos informan la desaparición de un personaje que se destacó en el ambiente literario. Pero curioso ello porque es lo único que nos motiva a conocer sobre su trayectoria y sobre su vida.  Irónica y vergonzosa aquella circunstancia, que nos mueve a indagar sobre el fallecido, solo cuando la muerte toca su puerta.
 
De Mario Sirony supimos hace décadas, porque su nombre sonoro se pronunciaba ocasionalmente en el medio cultural del Quindío.  Pero, a decir  verdad, nunca nos preocupamos por indagar sobre su transcurrir poético.  En el círculo de amigos, ese día de la noticia, nos preguntamos sobre él.  Posteriormente, en el periódico que la divulgó, nos enteramos de su nombre y apellidos completos.  Mario Sirony Vega Salazar, hermano de Gastón, otro escritor  ya desaparecido y sepultado en Calarcá.
 
El interés sobre el poeta que se fue nos ha llevado a buscar en los anaqueles de las bibliotecas sobre sus poesías y sus escritos.  Solo en un sencillo libro publicado en 1980, titulado ‘Salento padre del Quindío’, encontramos una de ellas, dedicada a la memoria de su abuelo, Daniel Salazar y al escritor Euclides Jaramillo “Dulce Aldea Nativa”, su título. La primera estrofa nos introduce en la prosa terrígena que Sirony manejó, inspirado no solo en la remembranza, sino en la frescura y la hermosura del entorno que lo vio nacer el 6 de julio de 1923, en ese entonces apacible pueblo quindiano:
 
Dulce aldea nativa
 
de brisas y perfumes constelada
 
déjame que reviva
 
mi ventura pasada
 
mirándote en la altura sosegada.
 
Seguimos en la búsqueda bibliográfica y encontramos, como un tesoro escondido, sus tres libros publicados, más una antología poética, el último regalo escrito.  Los títulos son más que sugestivos y ensoñadores.  ‘Ámbito del ruiseñor’, Imprenta Departamental  de Caldas, Manizales, 1959. ‘Invasión del rocío’, editorial Quingráficas, Armenia, 1972. ‘Celeste Umbral’. Gráficas Sajor editores, Bogotá, 1999.
 
Sus prologuistas, eximios escritores colombianos, no ahorraron elogios para las obras de Sirony.  Abel Naranjo Villegas, en una carta de 1958, a él enviada, nos recuerda que el poeta publicaba sus versos en “El Colombiano” de Medellín y resalta que Sirony, haciendo parte del grupo de poetas de Antioquia,  “ha cumplido una misión de signo muy expresivo como es la individuación espiritual, rescatando temas en cierta manera prohibidos por las vigencias sociales”.  Critica, en el primer libro, muy bien, el poema, ‘Ciudad caminante’, sobre Armenia, dedicado al escritor quindiano Jesús Arango Cano.  Así dice su primera estrofa:
 
Fuiste solo una aldea que soñaba
 
siempre con la estatura de la encina,
 
el sitio de la nube
 
y el trono de la orquídea.
 
Sirony, como lo mencionan Naranjo y otros autores, también fue sensible a los problemas sociales, a las injusticias y a las veleidades de los tiempos vividos.  En el prólogo del segundo libro, el poeta manizalita Jorge Santander Arias se refiere al “hombre que está perdiendo eternidad” en los versos de Sirony, pero también a la esencia de esa segunda obra, ‘La invasión del rocío’.  Destaca cómo el ruiseñor, de su primer libro, y el rocío, de este que prologa, son las características del amanecer, de cada mañana, de cada despertar del “corazón del Quindío, tierra próvida y fragante”.
 
En el tercer libro, “Celeste Umbral”, su prologuista, Rafael Maya, se refiere a la otra virtud de Sirony en su poesía, el aspecto espiritual.  “No es un poeta místico, sino, simplemente un poeta religioso, con religiosidad que no es subterfugio literario, como acontece frecuentemente, sino sentimiento personal profundamente arraigado en la conciencia”.
 
En la antología de sus obras, el cuarto libro, editorial Kimpres, 2005, su título ‘Paisaje interior’ resume el recorrido de sus inspiraciones de varias décadas. En  su introducción, el abogado quindiano Horacio Gómez Aristizábal nos recuerda que Sirony “se ha formado lejos de los círculos literarios. Ha conservado la elegancia, la pureza y la armonía del verso clásico.  Nadie lo ha desviado de su ruta.  Con el corazón desgarrado escribe versos transparentes y limpios como la primera luz del día”.
 
Cuando escribo esto, también como Sirony en las primeras horas de la mañana, contemplo cómo las cuatro hojas de mi mata de bronce siguen destilando las gotitas de rocío.  Disfruto leyendo todos los poemas de este escritor, a quien apenas acabo de descubrir en su sencillez y frescura, también al amanecer de estos días.
 
Sirony dedicó sus poemas a hombres y mujeres de esta tierra y del país entero.  A Luz Marina  Zuluaga, la Miss Universo de 1959, a su madre Barbarita Salazar de la Vega, a Héctor Rojas Castro, a Blanca Isaza de Jaramillo Meza, a Otto Morales Benítez, a José Rubén Márquez y a muchos más, quienes estuvieron dentro de su círculo de afecto y amistad.
 
La muerte no lo sorprendió en Bogotá el 4 de diciembre de 2019.  Solo la recibió con sus poemas. El último de su primer libro se llama “Epitafio” y lo señaló con este calificativo: “En la tumba de cualquier hombre”.  Así reza: “Apenas era un hombre escogido al azar.  Apenas era la guirnalda que brota de la sangre y más allá del tiempo y del rocío se disuelve en la tierra”.
 
Roberto Restrepo Ramírez
Nota cedida a colombiaparatodos.net