04 Junio - 2016

Óscar Domínguez, cronista

Decálogo y lección. Lo primero, porque el autor se ha puesto en el trabajo de clasificar el material como si se tratara de imprimir las tablas de la ley del periodismo en un espejo: no hay tema, por frívolo que parezca, que no nos retrate de cuerpo entero. Desde las juguetonas disquisiciones alrededor del ombligo del almanaque, hasta la furtiva lágrima que asoma en la despedida al Ñero que murió por fax; las desvertebradas notas unidas aquí por la pasta y el lomo de un volumen, se convierten en señales de identidad para un país que no conoce su rostro porque a la hora de escribir desprecia el lenguaje cotidiano.

El país sin rostro
 
Por NULLVALUE
 
18 de diciembre de 1994
 
Son pocos, pero son, los casos de columnistas colombianos que pasarán a la historia porque airearon las páginas de nuestros periódicos con hálitos de imaginación desbordada, capacidad de poner el dedo en la llaga, alardes de libertad e independencia, unidas al olfato reporteril, el buen humor, el agudo criterio. Las Gotas de tinta de Luis Tejada, las Jirafas de García Márquez, las diatribas de Klim, los escritos gozosos y venenosos de Alfonso Castillo Gómez, el mamagallismo urticante de Daniel Samper, los dardos certeros de Antonio Caballero. A tal estirpe de avizores cronistas (ahora tan escasos) pertenece Óscar Domínguez, a quien sólo apabulla la modestia, otra ave exótica en el periodismo criollo.
 
Ajedrecista de los buenos, aplica las estrategias secretas de sus trebejos en la matemática de construir las frases y dictar las sentencias: Las indulgencias plenarias son los goles olímpicos de Dios , por ejemplo, o títulos que de una vez ponen en jaque: manual para no suicidarse, el afónico sonido de las victrolas, la soledad de los espantapájaros, la utopía que dormía desnuda...
 
Va y viene por los escaques de su columna con la seguridad de quien ha sido en su oficio desde peón hasta rey. Por eso en este libro, el ajedrez tiene lugar de privilegio al lado de Jesús el Galileo, de Marcel Marceau, de la fauna nacional, de los serenateros y los taxistas, tenderos, candeleros, trovadores, ilusionistas, locutores, secretarias y, por supuesto, de los colegas cargaladrillos , como que aquí están Pepe Romero (el hombre que fue agencia) y Jorge Enrique Pulido, a quien dice: Ya que no tenemos derecho a la vida, ojalá algún día, tus hijos, los nuestros, los hijos de ellos, tengan derecho a escoger la muerte .
 
Lección para reporteros y lectores, sin duda, porque en estas notas con la apariencia de lo ligero, bulle la prueba de cómo un hecho cotidiano se puede transformar en auténtica aventura, cómo el análisis y la crítica subjetiva se hacen objetivos cuando se convierten en imágenes y lenguaje común, cómo -en otras palabras- todos tenemos derecho a sentirnos filósofos y poetas mientras no se nos obligue a lo contrario.