05 Mayo - 2018

¿Qué pasa con la sociedad colombiana?

Buenos días a todos y cada uno de mis compañeros de muro en Facebook, colombiaparatodos.net, Facebook Actualidad quindiana, Montenegro Estéreo, hoy es sábado 5 de mayo, con toda seguridad asuntos o temas recurrentes, parecidos a los de ayer, antier o anteayer y desde hace más de sesenta, setenta, ochenta y quién sabe cuántos años más, pero que de una u otra forma nos toca a todos y cada uno de los habitantes de este bello país: niños, jóvenes y adultos. ¿Cómo resolverlos? Esa es la pregunta del millón.

Para grandes males, grandes remedios
 
Por Cesáreo Herrera Castro, director
 
¿Qué pasa con la sociedad colombiana? He encontrado varios artículos, uno de ellos escrito por Cecilia López Montaño, enero 20 del año 2006, como otros, que si no caben aquí irán en colombiaparatodos.net y en la próxima edición física de Actualidad quindiana, si desean ejemplares pueden ir por ellos a la calle 22 número 13 - 24, Armenia, frente al edificio Bariloche,  pedirlos en el teléfono 316 4209649. Todos estos escritos tocan nuestra realidad y nosotros como sociedad civil debemos responder, saber cuáles son las verdaderas raíces de nuestros males.
 
¿Qué pasa con la sociedad colombiana?
 
Por Cecilia López Montaño 
 
Bogotá, enero 20 de 2006
 
El último informe de Unicef revelado parcialmente en estos días, demuestra que algo pasa en la sociedad colombiana, que no ha sido suficientemente analizado. Colombia aparece en este estudio como el segundo país, después de Haití, donde las mujeres y los niños sufren las peores situaciones. La violencia contra la mujer ha sido una constante en esta sociedad de manera que se viene cocinando una Ley, por parte del Partido Liberal, que refuerce las acciones judiciales para penalizar realmente este tipo de abusos y vejaciones a que se ven sometidas las mujeres del país. La experiencia española ha sido tan positiva que se ha convertido en modelo para el país y con cuidado se analizan estas normas.
 
Pero como si este hecho no fuera ya preocupante, últimamente se han disparado las denuncias sobre abusos contra los niños hasta el punto en que es casi un hecho diario la muerte de un menor como consecuencia de la violencia ejercida por sus padres, familiares, vecinos y desconocidos. Es tal la magnitud que ha alcanzado este hecho, que surge la duda de si es un fenómeno reciente o si lo que sucede es que por fin está saliendo a la luz pública. La verdad es que la sociedad colombiana está demostrando graves patologías sociales que tiene que entender para poder encontrar una verdadera solución.
 
Con razón, el país está conmovido con lo que está sucediendo con los niños colombianos y se habla de nueva legislación para frenar estos abusos. Estos indicadores de descomposición no deben ser ajenos a la dura realidad a que ha estado sometido el país durante siglos. La violencia se ha transformado pero ha sido una constante para dirimir diferencia y problemas no resueltos, como el de la tierra que ahora lejos de resolverse se ha agravado; la pobreza y la miseria que lejos de resolverse se incrementan en sectores como el rural; el conflicto armado, su agresividad, sus formas de actuar han hecho de esta forma de actuar algo cotidiano.
 
La civilidad, como principio de comportamiento, se ha venido perdiendo de manera acelerada. El narcotráfico, la fuente de muchos de nuestros males, ha impuesto comportamientos que se alejan de lo deseable. Ha introducido anti valores como el dinero por encima de todo, la mujer como objeto sexual, la violencia como elemento de convivencia. Y no han surgido los anticuerpos para frenar este proceso dañino. Ya no se trata solo de un nuevo modelo de desarrollo que ponga al país en la verdadera senda de la modernidad sino de encontrar ese modelo de sociedad que el no tiene.
 
Cuáles son los verdaderos valores que se deben promover; cómo se atacan las expresiones de violencia a todo nivel; cómo se protegen los niños, que no son solo el futuro sino el presente de este país; como se logra que los valores patriarcales se renueven para que el país disfrute de las ventajas de tener no solo una mujer nueva sino un hombre nuevo, de manera que las relaciones entre los géneros sean civilizadas.
 
No serán solo leyes y normas las que lograrán este profundo cambio, sino la concientización de la sociedad colombiana a todo nivel, lo que permitirá este trascendental y necesario cambio en el comportamiento de los individuos. Colombia no es el paraíso terrenal que muchos creen por los inmensos beneficios de que disfrutan sectores de altos ingresos.
 
Es una sociedad que requiere recomponer su tejido social y encontrar un norte en el cual la civilidad predomine sobre la violencia como mecanismo para resolver las inevitables contradicciones. Y para lograr este profundo cambio, es fundamental empezar a reconocer los problemas que se toman con frecuencia en una forma muy olímpica. Se requiere que organismos internacionales denuncien nuestros problemas para que empecemos a reconocerlos y a avergonzarnos. 
 
Nuestra violencia está inmersa en el comportamiento diario. Tantos años de violencia y exclusión explican, en parte, por qué celebramos agresivamente.
 
Por Mauricio Salas, 1 de marzo 2016 , 09:29 p.m.
 
"Colombia tiene cierto rechazo a mirar los costos de sus problemas. No creo que haya evaluaciones claras y mucho menos en este tema". ¿Por qué los colombianos actuamos violentamente al momento de celebrar? ¿Qué nos lleva a "festejar" así?. Sesenta años o más de conflicto viviendo en medio de la guerra nos impregnaron de violencia. Cuando se mira la historia de Colombia en una perspectiva más amplia, la paz ha sido la excepción mucho más que la regla. La violencia está, aunque no seamos conscientes, inmersa en el comportamiento diario. ¿Por qué esta violencia al celebrar?
 
En primer lugar, creo que esta generación heredó eso de vivir en medio de la guerra, del narcotráfico; todo lo que nos ha pasado en estos 60 años la ha y nos ha afectado. La segunda razón, es que el problema se manifiesta en todos los comportamientos. No he logrado entender por qué, si estamos ad portas de firmar un acuerdo con la guerrilla, no se está haciendo algo en el sentido de reconocer que el comportamiento de la sociedad tiene que cambiar, que los valores de la sociedad tienen que variar.
 
No se está haciendo nada para eso; no se están tocando ni los valores patriarcales que explican la violencia con la mujer, ni la discriminación. Son dos elementos que se cruzan: sesenta años de violencia y el ser una sociedad tan excluyente. Estas dos realidades han separado a Colombia en unos grupos muy distintos, que reciben unas normas de comportamiento muy diferentes y ven la violencia como parte de la vida cotidiana. Creo que la mezcla de esas dos cosas puede explicar que no aprendamos a celebrar sino con violencia.
 
¿Hay factores particulares desde el punto de vista económico que inciten a esta violencia celebratoria?
 
En términos económicos, un factor muy serio es la estratificación social tan grande, las diferencias regionales tan profundas que hay en Colombia. A esto se suma la discriminación entre la vida de la mujer y la vida del hombre, el rechazo, por ejemplo, a la población Lgbti, el atraso frente a la modernidad que acepta las diferencias. El atraso obedece, precisamente, a un país que ha sido gobernado por un grupo y para ese grupo. Y detrás de todo esto, está el tema de los valores.
 
¿Cuáles son los valores de esta sociedad? 
 
Primero, pienso que aquí no se ha reconocido el efecto tan perverso que ha tenido la violencia en general. La gran mayoría de los muertos en Colombia en los últimos sesenta años no ha sido por el conflicto armado; lo que más ha habido es víctimas civiles. La población civil ha sufrido personalmente el impacto de la violencia como conducta y de eso nadie habla, de que hay que empezar a tocar los valores.
 
Se cruzan, entonces, algunos elementos: por un lado la violencia, por otro, la sociedad tan estratificada; tenemos una clase media arribista que quiere ser rica porque el narcotráfico entra a jugar en la ecuación. Estas variables han producido una sociedad muy peculiar: violenta, intolerante, que no sabe comunicarse y se agrede y le parece normal hacerlo. ¿Algo más, en el análisis económico, que puede llevar a que esos diablos se manifiesten en el momento de un partido de fútbol, por ejemplo?
 
En lo económico, yo lo refiero al modelo de desarrollo y al tipo de sociedad que tenemos: Colombia no ha logrado juntar las diferencias. Las brechas entre lo rural y lo urbano son inmensas. Algunos vivimos en el siglo XXI mientras en el sector rural viven en el siglo XVIII. Por regiones, usted va a algunas partes –como unas que conozco– de la región Caribe y eso está en el siglo XVII, pero va a Barranquilla y encuentra unos centros de modernidad impresionantes.
 
Para mí, eso muestra como que no hay esperanza de movilidad y esto, mezclado a esos elementos adicionales que citaba, hacen que la gente sienta que en las festividades puede expresarse, que se le quitan límites y allí, salen todos estos demonios.
 
¿Y eso se manifiesta en las celebraciones?
 
Aquí hay otro elemento clave: si bien no es un problema exclusivo de Colombia, pienso que en el país nunca se le ha dado real importancia al consumo abusivo del alcohol, sobre todo en los hombres. No se ha valorado, realmente, el impacto que tiene. Esto es parte de ese comportamiento patriarcal que ha habido en la sociedad.
 
La mezcla de alcohol con discriminación, historia de una violencia que parece ser cosa natural y la resignación de que no hay movilidad social, hace que todos los diablos que la gente tiene adentro surjan, en un espacio que se considera libre. La gente se desinhibe y al hacerlo, esos elementos que lleva dentro, de violencia, de resentimiento, afloran y producen estos episodios de ímpetu.
 
Es que aquí enervarse es una cosa normal. Infortunadamente, vivimos en un país que no tiene limitaciones para expresar su violencia. A mí siempre me han preocupado el primero de enero y el 31 de diciembre. Yo no entiendo esta práctica de los tiros al aire, más arraigada en unas regiones que en otras; eso mata gente y no tiene nada que ver con la celebración. Siempre me ha inquietado esto. También me parecen insólitos los niveles de agresividad el Día de la madre.
 
Ahora, lo que sí se conoce es que cualquier explosión de alegría súbita puede terminar fácilmente en muertos. El deporte ha sido una fuente de mucha violencia entre la juventud, no solamente en Colombia sino en el mundo entero. Otro elemento importante a considerar es que la violencia en Colombia no es exclusivamente un problema del conflicto, quien lo vea así incurre en un gran error.
 
Nuestra violencia es un problema de comportamiento de la ciudadanía; eso hay que sacarlo a flote. Por esta razón, me parece interesante y necesario ver cómo y por qué un partido de fútbol termina en un asesinato de unos muchachitos o por qué eventos como unas corralejas degeneran en actos de barbarie contra animales y personas, como si fuera algo normal.
 
Además de sacar este tema a la luz y de ponerlo sobre la mesa para discutirlo y trabajarlo, conviene tumbar la hipótesis de que al firmar un acuerdo con la guerrilla –porque no se va a hacer la paz– se le bajará el tono al conflicto y se acabará la violencia. No, esto no es ni será así: el problema y la solución están en cada uno de nosotros, que hemos tomado esta lógica violenta como algo natural.
 
¿Conoce cifras significativas sobre eventos violentos en celebraciones? ¿Alguien está investigando el tema, haciendo números? Por ejemplo, ¿cuál fue el costo hospitalario de la celebración del triunfo de la selección Colombia sobre Grecia, en el Mundial de fútbol pasado?
 
Colombia tiene cierto rechazo a mirar los costos de sus problemas. No creo que haya evaluaciones claras y mucho menos en este tema, yo no las he visto. Lo que sí hay es alarmas y creo que eso es interesante. Por ejemplo, lo que pasa después de los partidos de fútbol, lo de las barras, es un tema que sí preocupa y es inadmisible. Creo, sin embargo, que se ha aceptado muchas veces como natural –y a mí me parece terrible– que maten dos o tres muchachitos después de un partido de fútbol.
 
Ahora, fíjese lo de las corralejas, ¿por qué llaman la atención? No por los heridos, que hay siempre, sino porque masacraron un toro, un caballo, que también es horrible. Ahí también hay muchas expresiones de violencia. Hace un tiempo se supo de unos miembros de la fuerza pública que castigaron salvajemente a una perrita. Repito: siento que tenemos que ser conscientes de que hay un elemento de violencia incorporado en nuestro comportamiento y así lo aceptamos.
 
No creo que sea un problema de genes, es, más bien, una manera de defenderse, de no involucrarse demasiado. Los colombianos hemos perdido la capacidad de asombro frente a la violencia. En términos económicos, nadie ha medido las repercusiones de este problema, pero, sin duda, deben ser muy grandes. Para el mercado laboral se ha medido el impacto de los guayabos, por ejemplo; sobre eso sí ha habido algunos estudios.
 
Yo fui directora del Seguro Social y los lunes eran imposibles: todos iban a pedir licencia por enfermedad y lo que tenían era un triste guayabo. Ahora bien, sobre el tema que estamos discutiendo, no creo que haya habido un estudio serio, es un tema nuevo realmente. Es muy viejo en el sentido de que existe desde siempre, pero muy nuevo en el sentido de que despierte el interés de los investigadores, de las personas de la prensa, de los medios.
 
Respuesta de autorización no válida
 
¿Cuánto puede costarle al país esta violencia al celebrar? ¿Qué podríamos hacer con el dinero que se gasta en problemas de pólvora y quemados en diciembre, por ejemplo? Todos esos dineros son inútiles, estos gastos son inútiles, mientras no haya un cambio en la cultura. Se supone que vamos a entrar en una nueva etapa de la vida nacional: construir un país en paz, y yo creo que esto va a ser un proceso de muchos gobiernos, de muchos años, que muchos de nosotros no vamos a ver.
 
Lo que no se ha dicho es que no sacaremos nada si el comportamiento de los colombianos no se evalúa, no se analiza y no se adecúa a una nueva realidad. Hay muchas cosas que no se han estudiado suficientemente, como: el cruce de los valores del narcotráfico y su violencia, el responder agresivamente, el querer ser rico muy rápidamente, el pensar en las mujeres como objeto sexual, etcétera; todas esas cosas son parte del enredo y a mí me afana que no haya conciencia de que tenemos que cambiar.
 
En el país se cree que todo lo referente al cambio es externo, pero los colombianos vamos a tener que manejar las cosas de manera diferente. Por ello, es bueno sacar este tipo de realidades a la superficie y decir: "no es normal que en una celebración el país tenga que gastarse un mundo de plata en emergencias, en salud, en heridos, en ambulancias que van y vienen".
 
Esos recursos podrían y deberían ir a lo que es sustantivo y no se está haciendo: empezar a educar de manera distinta. Y no solamente a los niños. Yo no estoy viendo la estrategia para adecuar al nuevo y la nueva colombiana a una realidad que esperamos que empiece a ser construida sobre otros parámetros; no lo veo y para mí, ahí habría un centro de localización de recursos muy importante.
 
¿Quién tasa los costos por cuestiones de violencia para celebrar? ¿A quién le corresponde esto? ¿Quién debería llevar una estadística de esto? Tengo la impresión de que el tema de violencia está en la agenda. De las cosas malas salen cosas buenas. El proceso de conversaciones en La Habana viene a consolidar un esfuerzo que viene de tiempo atrás.
 
Los ‘violentólogos’ empezaron a analizar la realidad de los cincuenta, que fue muy violenta y hoy el tema está nuevamente en la agenda. Al estar en ella, puede empezar a pensarse cuánto nos cuesta, y no solamente la del conflicto sino la del comportamiento, porque, insisto: el comportamiento de los ciudadanos tiene que mirarse como un problema de violencia.
 
Mire lo que está pasando con la violencia contra las mujeres, por ejemplo, que es terrible. Me parece que lo positivo es que esté en la agenda, porque esta presión puede llevar a estimar los costos, como para que la gente vea cuánto le cuesta al país en términos de producto de horas trabajadas, de recursos del Estado, de temas de salud, de ocupación de hospitales, etcétera.
 
¿Qué debería hacer el Estado para ayudar a controlar y resolver esta problemática?
 
Hay algo de fondo, estructural, que debe hacer el Estado –y el Estado no es solamente el Gobierno, somos: la sociedad, el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial- : reconocer que Colombia no va a cambiar de verdad, si los individuos seguimos comportándonos igual. A mí me parece que el Estado debe involucrarse, meterse más en el tema de los valores de la sociedad.
 
Eso se hace de diversas maneras: a través del sistema educativo, mediante campañas, creando líderes que den ejemplo y respeten la ley, promoviendo mensajes de no violencia en los medios, usando todas las formas que puedan servir. Yo siento que no está haciéndose a profundidad y eso es un error. Y lo más grave es que está pasando en un momento en el que no hay justicia; entonces, ¿cómo cambiar el comportamiento de una población para hacerla más tolerante, más civilizada, si a los que se salen de la línea no les pasa nada?
 
En el fondo, lo que tenemos que hacer es trabajar y hablar de cómo modificar nuestros comportamientos, de cómo convertirnos en unos individuos distintos, mejores, más tolerantes, más globalizados, entre otras cosas. Colombia tiene que abrirse un poco más y empezar a adoptar valores globales y uno de esos valores es la solución pacífica de los conflictos.
 
Un punto fundamental que no se ha reconocido suficientemente –ya lo he citado– es que con tantos elementos de violencia incorporados en nuestro comportamiento, es muy difícil construir paz. A donde uno mire hay una semilla de violencia y en esto, el Estado tiene un papel que jugar, y el Gobierno en concreto, ya que en buena medida es un tema de educación.
 
En Colombia no hay una orden de solidaridad, no hay la idea de que todos somos parte de este país. A mí me parece urgente promover mensajes de solidaridad, de no discriminación, de que tenemos que cambiar y buscar la solución pacífica de los conflictos. Necesitamos una sociedad moderna, con valores modernos.
 
Esto que pasa en las festividades es muestra de lo mal que está nuestra sociedad, que no es capaz de vivir la alegría sin terminar en tragedia, que no puede aprovecharla para expresar amabilidad, solidaridad; no, aquí es a puño limpio.
 
Y esto no pasa solo en las clases pobres, es bastante generalizado y debemos cambiarlo. Yo creo que es cuestión de los 47 millones de colombianos, con un rol del Estado, que está quedándose en la crema, en la nata, en la superficie y no va al fondo. Entonces, ¿a quién le toca? A todos.
 
¿Y qué debemos hacer cada uno de nosotros para cambiar esta situación?
 
Si de verdad queremos construir paz, entrar en una etapa distinta, debemos tomar decisiones y una de ellas tiene que ver con los cambios que tendremos que hacer. Uno de estos cambios hace referencia a la forma de relacionarnos con los demás, en cualquier circunstancia, incluidos los momentos de alegría. Debemos replantearnos qué quiere decir liberarse, en términos de una sociedad más civilizada. No puede seguir siendo cogerse a puños, pelear, matar.
 
En esta nueva sociedad debe haber un mejor control del uso del alcohol, debe haber espacio para las conversaciones, las discrepancias, las diferencias. Esto, me parece, sería como un eje que puede llevar a que la gente reaccione. Tenemos que ser distintos.
 
Nada puede ser igual, no es más de lo mismo. Y no solamente en términos de política del Estado sino del comportamiento de los individuos. Somos parte de un mundo integrado y estoy convencida de que hoy existe algo que se llama los valores globales, entre ellos: el respeto a las mujeres, el cuidado del medioambiente, la solución pacífica de las diferencias y la no violencia.
 
Cada uno de los colombianos tenemos que decidir que debemos cambiar nuestro comportamiento, porque hemos sido actores de estas etapas de violencia del país. Hemos sido actores por omisión o por acción, luego cada uno tiene que cambiar. En este país se cree que todo tiene que hacerlo el Gobierno, pero no, nosotros elegimos a nuestros dignatarios, entonces, ¿por qué elegimos gente violenta, intolerante, corrupta, gente que mata? Nosotros mismos hemos hecho eso, todos los colombianos.
 
No se le puede quitar al Estado la responsabilidad, pero creo que los ciudadanos tenemos que reconocer al otro, respetar el tiempo y el momento de los demás, ser solidarios y ser pacíficos. Pienso que el papel de los individuos es crucial.
 
¿Cuál es, entonces, la solución ideal a este problema?
 
La élite colombiana tiene mucha responsabilidad en lo que pasa en el país. Son pocas las familias que han estado y están en el poder y se lo han repartido; han sido como feudos. Si esta élite no se comporta distinto, va a ser muy difícil que el resto del país reciba un mensaje que para mí es clarísimo: pasar de la violencia a la solidaridad. Y la solidaridad no es dar limosna; no, es compartir la vida, compartir lo bueno, compartir lo malo.
 
Yo le haría un llamado a la élite colombiana, que no es consciente de la responsabilidad que tiene en una sociedad tan estratificada como la nuestra. Colombia es un país que discrimina y los primeros que lo hacen son los de la élite. A este grupo hay que decirle: "Ustedes no pueden seguir haciendo lo que quieran". Viven en las nubes, en un mundo distinto, que nada tiene que ver con la vida promedio de los demás.
 
En Colombia esa élite tiene un poder que no tiene en otras partes. Creo que los primeros que deben dar una señal para esta nueva etapa del país son ellos, los de la élite. Tienen un papel muy importante, pero nadie se atreve a hablarles, todo el mundo les pasa por el ladito. A la élite hay que decirle: "Ustedes tienen una responsabilidad inmensa en esta nueva etapa y deben pasar a ser solidarios en el sentido integro de la palabra". Lo contrario es la infamia.
 
Perfil de Cecilia
 
Economista de la Universidad de los Andes. Tiene un posgrado en Demografía y otro en Economía de la educación del Centro de Estudios Educativos, de México. Es investigadora, conferencista y política colombiana; se ha desempeñado como directora del Seguro Social, directora de Prealc, OIT, embajadora de Colombia en los Países Bajos, ministra de Agricultura, ministra de Medioambiente, directora del Departamento Nacional de Planeación y senadora de la República. Es columnista de los diarios El Heraldo de Barranquilla y del portal Las 2 Orillas. Actualmente es la directora del Centro de Investigación Social y Económica, Cisoe.
Mauricio Salas
 
Situación actual de Colombia
 
La situación del país cada vez se está tornando mas difícil en todos sus sectores, varias causas son las que están causando que el país esté en la actual situación, como lo son el proceso de paz, la corrupción, la ingenuidad e ignorancia de las personas colombianas, entre otras mas que trataremos a continuación.
 
El proceso de paz
 
El proceso de paz es uno de los temas influyentes en la situación del país, ya que los puntos que están tratando pueden ser beneficiosos como perjudiciales para el país. La firma del proceso de paz es bueno, ya que se acabaría el conflicto armado en Colombia, se acabaría le desplazamiento  de las personas por la violencia, se entregarían todas las tierras a los campesinos para que las vuelvan a cultivar y a producir, apoyando al país en el sector agro, se desmovilizarían los grupos armados, entre muchos otros beneficios que traería la firma del proceso de paz.
 
Pero como todo lo bueno siempre trae algo malo, la firma del proceso de paz traería problemas como la participación de los integrantes de los grupos armados  en la política del país, siendo uno de los problemas, la democracia socialista, ya que lo más probable es que todo el país debe estar equitativamente en todo, como  el dinero, trabajo, entre otras razones, se haría cumplir las leyes y normas.
 
Pero el problema sería que habría gente que se aprovecharía de esta situación,  ya que no trabajarían y recibirían el sueldo por hacer nada, también se pueden aprovechar diciendo que pertenecía a grupos armados y comenzarían a amenazar a la gente, por lo cual no se sabe  que sería de este país hasta que se firme el tratado de paz.
 
La corrupción
 
La corrupción es otro problema grande que tiene el país, ya que por esto se está perdiendo dinero que se puede utilizar en proyectos para mejorar el país, para ayudar a las personas, acabar con la pobreza extrema. Pero esto es casi imposible que se acabe, ya que hay demasiadas personas en el gobierno que roban dinero o recursos para beneficios propios, gente que no le importa el pueblo ni el país, y mucho menos ayudar.
 
Al año se pierden grandes cantidades de dineros o recursos, 50 billones de pesos. Se puede decir que hay gente, principalmente políticos y funcionarios del gobierno, que tienen grandes propiedades, ya sea a su nombre o con nombres de otras personas que trabajan para ellos, incluso patrocinan a grupos armados ilegales del país. Hay otros que no les importa dañar el  medio ambiente, ya que explotan la tierra para sacar minerales o rocas preciosas, para beneficios propios, dejando violencia, pobreza y grandes daños en el medio ambiente.
 
Son dineros que se podrían emplear en proyectos para ayudar a personas que estas en lugares que sufren o han sufrido grandes cambios ecológicos, como lo es en la Guajira, donde los niños se están muriendo de desnutrición, las personas se mueren de sed, ya que no ha agua y donde hay, les toca hacer grandes recorridos para llevar solo unos cuantos galones de agua a sus hogares para subsistir. Y estas son situaciones que no muestran en las noticias, ya que los canales nacionales lo mas seguro es que los tiene comprados personas que no les conviene que muestren la realidad del país.
 
Ingenuidad e ignorancia de los colombianos
 
La ingenuidad e ignorancia de los colombianos nos está perjudicando, ya que en la mayoría de situaciones nos controlan, nos engañan y nos meten los dedos en la boca, y lo peor de todo es que nos tragamos y nos conformamos con lo que nos dicen.
 
Por ejemplo, hay casos en que los políticos se creen mas que los demás cuando se posicionan como alcaldes o algún puesto político que haya en el país, mandando y haciendo lo que le parece en el lugar donde está gobernando, pero no hay nadie que le ponga un alto, ya que la simple realidad de los políticos, son elegidos por el pueblo colombiano, y que a cualquier momento el pueblo lo puede destituir del cargo que desempeña, ya sea por una mala administración, por actos que al pueblo no le dan confianza y por robo o corrupción que presente.
 
Los gobernadores, alcaldes, presidentes, o cualquier funcionario público o político, son simplemente voceros escogidos por el pueblo, cumpliendo funciones y obligaciones que ayudan y contribuyen a la mejora del país. Igualmente que un vocero en un grupo de estudio en un colegio.
 
El salario mínimo
 
Los problemas de este país es el salario mínimo mensual vigente, ya que este es muy bajo, respecto a otros países donde el mínimo esta entre $ 2.000.000 o $3.000.000 millones de pesos al mes. Es un problema para los colombianos, ya que el salario es muy bajo y no es suficiente para satisfacer las necesidades básicas. Muchos de los productos de la canasta familiar y los que nos son de la misma, están elevando su precio, haciendo difícil comprar buenos productos para el consumo de las personas.
 
La subida de precios de los alimentos también está siendo afectada  por el fenómeno del niño, ya que está afectando  las zonas donde cultivan, por el sol, en algunas partes por el frio que hace, inundaciones, quemando los cultivos y escaseando los alimentos para el pueblo colombiano. He incluso, hay personas que se ganan menos del mínimo, y lo que hace esta gente, es algo duro, ya que sobreviven con $ 300.000 o $ 400.000 mil pesos, y eso si se los ganan, ya que hay personas que son muy mal pagadas, como lo son los obreros del campo.
 
Otro factor que afecta los alimentos, es la minería, ya que esta está dañando la tierra donde se puede cultivar, dejando tierras inservibles y contaminadas, así mismo sucede con los ríos, que los están contaminando con químicos, como los son el mercurio y otros más que hacen gran daño a la naturaleza.
Los impuestos
 
Los impuestos, otro problema de este país, ay que por todo están cobrando impuestos, por más pequeño que sea, lo cobran. Todo porque la gente no habla de nada de esto ni se manifiesta ante esta situación, haciendo que ponga cada vez más impuestos que ni sabemos porque los cobran.
 
Por esta razón el salario mínimo no alcanza para nada, ya que se compra la canasta familiar, el pago de impuestos, arriendos y otras muchas razones. Estas son las problemáticas mas relevantes que se presentan en el país, afectando a los colombianos y otros sectores que necesitan ser revisados mas a fondo para mejorar.
 
Pero una de las opiniones o preguntas  que he escuchado y me llama la atención, es hasta donde va a llegar este país, que va a ser de nosotros. Estas son preguntas que me gustaría tener las correspondientes respuestas.
“El mayor problema que tiene Colombia es la forma en que funciona el Estado”: James Robinson
 
Para el economista, coautor de ¿Por qué fracasan los países?, ni las drogas ni las guerrillas son los problemas más grandes que tiene Colombia. En cambio, la política está en el centro de lo que hay que empezar a transformar, se logre o no la terminación del conflicto con las Farc. La desmovilización podría ayudar pero no resolverá los problemas estructurales.
 
Para Robinson, el sector privado debe tener ideas más transformadoras que sustituir al Estado. Para el economista, coautor de ¿Por qué fracasan los países?, ni las drogas ni las guerrillas son los problemas más grandes que tiene Colombia. En cambio, la política está en el centro de lo que hay que empezar a transformar, se logre o no la terminación del conflicto con las Farc.
 
La desmovilización podría ayudar pero no resolverá los problemas estructurales. Para Robinson, el sector privado debe tener ideas más transformadoras que sustituir al Estado.  Robinson fue el invitado principal del foro Construcción de paz: compromiso de los empresarios que organizó la FIP y la Asociación de Fundaciones Empresariales.
 
Su intervención se centró en las teorías que desarrolla su libro ¿Por qué fracasan los países?, que habla de las instituciones y las reglas de juego que gobiernan la vida económica. Para Robinson hay dos tipos de instituciones económicas: las que caracterizan a los países exitosos y que llama incluyentes, y las extractivas que producen pobreza porque no crean incentivos ni oportunidades.
 
Colombia estaría en el medio, según el autor. “Para entender por qué un país tiene unas instituciones económicas extractivas hay que pensar en cómo fueron creadas estas instituciones. Para el caso de Colombia, lo que más aplica es un estado débil, poco efectivo y una distribución muy estrecha del poder político.
 
Colombia está en el medio de los países ricos y los países pobres, no es como Alemania pero tampoco como Haití. Es un país de clase media, que tiene instituciones extractivas pero también incluyentes en otras dimensiones”, dijo durante el foro.
 
Los siguientes son los 15 ideas centrales de su conferencia: “Por qué fracasan los países: Implicaciones para Colombia y qué puede hacer el sector empresarial”.
 
1. “Colombia tiene instituciones predominantemente extractivas pero también políticas extractivas. Uno de los impedimentos más grandes para una buena economía es el monopolio y ejemplos de esos monopolios son los mafiosos, como el del ‘Cebollero’ y el ‘Papero’. Otro ejemplo es lo que sucede en lo rural, donde el 40 por ciento de las personas no tiene un título de propiedad, lo que impide pensar en incentivos económicos”.
 
2. “Algo crucial para generar prosperidad económica es suministrar bienes públicos. En Colombia esto es terrible. Miremos solo el sistema de carreteras. La falta de infraestructura es un impedimento serio para el sector privado y para crear oportunidades económicas”.
 
3. “¿Cómo se crean las instituciones económicas? La respuesta es que vinieron de un sistema político. Para mí, el mayor problema que tiene Colombia es la manera en que funciona el Estado y un ejemplo de su debilidad es la falta de habilidad para suministrar el orden.
 
Aunque Colombia tiene una historia de instituciones democráticas, eso no ha garantizado la rendición de cuentas de los políticos. No hay chequeos ni balances y una prueba de ello es el llamado ‘carrusel de la contratación’ en Bogotá”.
 
4. “El estado colombiano tiene la máquina más pequeña del mundo para generar impuestos. Hay países en Sudáfrica que generan más impuestos de lo que hace Colombia. Nunca se han aumentado los impuestos de tal manera que se pueda crear un Estado moderno. Ese es uno de los grandes fracasos”.
 
5. “Los problemas en Colombia no son las drogas y la guerrilla. Se logró establecer una industria de las drogas ilegales por la forma en que funciona el Estado. Con la guerrilla, que es la más longeva de América Latina, sucede lo mismo”.
 
6. “Las instituciones extractivas surgen de la forma de hacer política. Si hay monopolios es porque el gobierno no obliga a cumplir las leyes anti-monopolio. Es claro, por ejemplo, que si las carreteras no se construyen o se hacen mal, es por el proceso de contratación”.
 
7. “El móvil de la política económica en Colombia es lo que se llama ‘regla indirecta’, una forma muy común de los poderes coloniales. La misma forma en que los españoles manejaron el periodo colonial, así mismo funcionan Paquistán, Sudán y muchos otros países. Esta el centro (como Bogotá y Medellín) y una periferia que interactúa con ese centro. Si se estudia esa interacción se entiende por qué el Estado colombiano ha sido tan débil históricamente”.
 
8. “La élite política, básicamente, delega el control de muchas partes del país a otros grupos a cambio de soporte y votos. En el proceso de delegar se crea un vacío de autoridad y ese vacío permite que ingresen, por ejemplo, la cultura de la coca y que el contrabando entre desde Ecuador y Venezuela. Esta cultura está muy arraiga en Colombia”.
 
9. El caso de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio es una ventana para estudiar cómo funciona la política económica en Colombia. “Es un modelo de control descentralizado y está relacionado con la parapolítica que luce como la forma normal de hacer negocios en la Colombia que está en la periferia. No es un fenómeno reciente, al contrario, es una faceta de cómo funciona el sistema”.
 
10. “La seguridad democrática trajo progreso en ciertas dimensiones, pero no abordó los principales problemas en Colombia. Hemos visto que la violencia hace que la gente no sea tan optimista, pero ha sido parte del pasado de Colombia. Se necesita una gran transformación para lograr la seguridad democrática o la desmovilización de la guerrilla. En últimas, el problema político es reconstruir el Estado, cambiar la política económica”.
 
11. “Las drogas, las Farcy el ELN son el resultado de la forma en que funcionan las cosas en Colombia. Sería bueno que las Farc se desmovilizaran, esto haría muchas cosas posibles, pero en sí no solucionaría el problema. Habría que garantizar su seguridad, un mecanismo para reintegrarlos eficazmente y una discusión de cómo vemos la justicia dentro de ese contexto”.
 
12. “Santos está jugando un juego muy complicado porque tiene que hacer un acuerdo con la guerrilla que sea aceptable para la sociedad colombiana. La discusión de la transformación no está sobre la mesa porque sería ceder ante las Farc. La transformación es para el bien de todos los colombianos”.
 
13. “El sector privado hace muchísimas cosas en Colombia en nombre de la paz. Ayudan a superar la pobreza, la desigualdad, construyen escuelas y desarrollan iniciativas emprendedoras que tratan de solucionar el problema de la violencia en Colombia, pero eso debería hacerlo el Estado”.
 
14. “Hay muchos ejemplos de iniciativas para la paz que se han hecho de forma altruista. Aun así, ese ingrediente del sector privado juega un rol pequeño ante la amplitud de los problemas que afronta Colombia. El gobierno es el que tiene que entregar los bienes del Estado, el sector privado no lo puede hacer solo y no puede suministrar orden a nivel nacional”.
 
15. “La empresa privada en Colombia sustituye al Estado, pero hay que tener ideas más transformadoras sobre el cambio. Hay que pensar es en la forma en que el sector privado puede ayudar a complementar el Estado, para que este funcione mejor”.
 
La transición a la luz del proceso de paz
 
Durante el foro, el Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, reiteró que Colombia está frente a una posibilidad real y “quizás la última de ponerle fin al conflicto armado”. También habló del proceso de transición que vendría si se firma la paz y de la importancia de intervenir los territorios para construir una paz estable y duradera. “Las probabilidades son muy buenas”, dijo frente a representantes del sector empresarial. Jaramillo explicó que este nuevo intento por alcanzar la paz ha sido pacientemente construido por el gobierno.
 
“Detrás de esa oportunidad hay un esquema que comenzó con el reconocimiento del Presidente (Santos) del conflicto armado interno”, dijo. Luego vendría la Ley de Víctimas, la creación de un entorno regional favorable y el Marco Jurídico para la Paz.
 
Con esos antecedentes se diseñó este proceso de paz que tiene siete características según el Comisionado de Paz.
1. Este es un proceso para terminar el conflicto. “Pero una cosa es terminarlo y otra la construcción de esa paz. El acuerdo pone los cimientos de esa construcción. Hasta que no se firme no habrá ceses, ni despejes. Si se firma todo cambia y entramos en una fase de transformación que será el verdadero comienzo de la construcción de la paz”.
2. Se estableció un núcleo duro de asuntos que hay que resolver para construir la paz. “No se incluyen todos los temas de la nación, tampoco discusiones sobre la economía. Son puntos concretos que tienen que ver directamente con la terminación del conflicto”.
 
3. Es un asunto de todos. “Se trata de llegar a unos acuerdos para mirar lo que cada uno va a hacer. Esto no solo es válido para el gobierno y las Farc. Se trata de lo que va a hacer todo el mundo en esa fase de construcción de paz”.
4. El centro del proceso es pasar a la fase de transición. “Saquemos del camino al conflicto para poder pasar a la fase de transición. Habrá tareas que surgirán de los acuerdos a los que lleguemos en La Habana. Será un periodo de excepción. En materia jurídica se utilizarán instrumentos, no solo de justica transicional, que agilicen las cosas. No se trata de resolver todos los problemas, pero al término de ese periodo estarán las bases”.
 
5. Un proceso de paz territorial. “En Colombia la paz no ha llevado a una intervención de los territorios y esta es la esencia de este proceso, que sea territorial, para así cerrar el conflicto. Se trata de integrar territorios, de reconstruir. No es solo desmovilizar grupos sino llenar espacios, ese es el reto más grande. Si queremos cerrar el conflicto hay que hacer intervenciones territoriales”.
 
6. El papel del sector privado. “El problema de la intervención territorial no lo va resolver solamente el Estado. En ese ejercicio, el sector privado tiene un papel muy importante. Primero porque tiene presencia en esos lugares donde el Estado es muy débil. Hay que hacer alianzas entre el Estado y el sector privado para hacer posible la reconstrucción”.
 
7. La movilización en los territorios. “Hay que lograr una verdadera movilización en los territorios, una gran participación. La gente se tendrá que organizar en los territorios para priorizar y decidir qué es lo que más importa. Si logramos cerrar el conflicto y establecer un proceso de paz territorial, se podrán hacer cosas importantes en materia de participación, de integración, de reconocimiento de derechos. Es pensar en la reconciliación y trabajar en común por la construcción de una paz estable y duradera”.
 
Compromiso de los empresarios
 
María Victoria Llorente
 
En este foro también estuvieron los empresarios Roberto Junguito, presidente de El Cerrejón y Carlos Raúl Yepes, presidente de Bancolombia, quienes junto a Antonio Navarro Wolff y María Victoria Llorente, directora de la FIP, reflexionaron sobre los cambios estructurales que se requieren para hacerle frente al postconflicto. Para Yepes, Colombia tiene que prepararse desde ya (desde el conflicto) hayan no acuerdos con las Farc.
 
“Si somos capaces de abstraernos de los acuerdos con las Farc y pensar en la construcción de un nuevo país, teniendo una agenda común, las cosas van a ser diferentes”, dijo el empresario para quien es fundamental rescatar el concepto de nación. “No podemos dejar al gobierno y a las Farc un problema que le concierne a todos”, dijo. Según Yepes, las empresas ya no son solo actores económicos.
 
“Así como trabajamos para que las empresas sean perdurables, soñamos con un país que sea perdurable. En ese rol social entendemos que el mundo empresarial también va cambiando. Va pasando de lo industrial a lo social, de lo individual a lo colectivo”, agregó. Yepes coincide con Robinson en que las empresas tienen que reinventarse y no pueden abstraerse de lo que sucede en su entorno. Por su parte, Roberto Junguito cree que Robinson ha dado en la clave sobre el verdadero conflicto que tiene Colombia.
 
“Hasta que no resolvamos los problemas políticos, sociales y económicos de raíz no vamos a empezar a construir un mejor país”, dijo. Por eso, para el presidente de El Cerrejón es clave generar expectativas reales con relación a lo que puede llegar a pasar si se firma un acuerdo con las Farc. “No es real pensar que con la desmovilización vamos a construir la paz en Colombia. Esa no es la solución a los problemas estructurales”, insistió.
 
Para Junguito, el rol de los empresarios en el proceso de construcción de paz es protagónico. “Hay una correlación directa entre el crecimiento económico y el bienestar general del país. Desde el punto de vista de generación de valor, tenemos que trabajar por la construcción de ese país”, dijo. También resaltó, como lo hizo Sergio Jaramillo, la necesidad de hacer presencia en los territorios.
 
“Esto no es un tema de soluciones del gobierno central. Hay que pensar en las regiones, en cuál es su concepción de prosperidad y en cómo fortalecer las instituciones”. El empresario cree –al igual que Jaramillo– que el sector privado realmente podrá contribuir a la construcción de un país en paz a través de alianzas con el gobierno nacional y con soluciones a la medida de cada región.
 
Entre tanto, para el dirigente político Antonio Navarro, ex gobernador de Nariño, la forma de hacer presencia en las regiones “es ocupando el territorio que deja la guerrilla. Esto no se debe hacer solo a través de la Fuerza Pública, sino con todas las instituciones del Estado y las empresas privadas”.
 
En su intervención, el ex dirigente del M19, quien además ha sido congresista, ministro y constituyente, estuvo de acuerdo con Robinson en el sentido de que hay que fortalecer el Estado para que brinde la infraestructura necesaria y el desarrollo sea continuo. “Se necesita tener acceso a las regiones apartadas, caminos, carreteras y demás”, afirmó. Para Navarro, la reconstrucción se debe hacer en coordinación con las comunidades y la reinserción de los guerrilleros a través de “un plan intensivo de educación”.
 
Finalmente, María Victoria Llorente resaltó el mensaje tanto de los empresarios como de Navarro Wolff, en el sentido de estar pensando en una nueva Colombia, en que quieren liderar y hacer parte de ese cambio. Para la directora de la FIP, el gobierno ha mandado un mensaje equivocado al decir que si no se llega a un acuerdo con las Farc, no cambiará nada.
 
“Es un mensaje tranquilizador, quizá por las voces adversas al proceso, pero la realidad es que sí hay que cambiar”, dijo a los empresarios y reconoció que el mensaje de Robinson es claro y muy oportuno para la coyuntura colombiana. Para Llorente, el proceso de paz es una gran oportunidad de cambio. “Imaginémonos no tener más el pretexto de protegernos de la guerrilla”, dijo.
 
También se preguntó cómo pueden ayudar las empresas a romper con las lógicas locales que se han establecido históricamente en los territorios alimentando el conflicto y compartió la preocupación de Navarro Wolff y de Sergio Jaramillo sobre la urgencia de hacer presencia en los territorios. Para Llorente, todo se resume a un asunto de política, que es lo que convoca a la gente para la acción colectiva. Por eso, su invitación al sector privado, fue trabajar en esa acción colectiva para definir el camino a seguir.
 
El futuro de la violencia política sin las Farc
 
Buena parte de la política colombiana se ha hecho a partir de la violencia y la coerción de los contrarios. ¿Cambiará esto ahora que se desarma el actor armado más importante del país?
 
Esta columna se publicó en Razón Pública el 5 de septiembre de 2016
 
La pregunta de fondo
 
En el futuro cercano la suerte de la violencia política en Colombia dependerá de si las Farc transitan de manera exitosa de las armas a los votos, y de cómo se lleven a la práctica los acuerdos de La Habana en las regiones más expuestas al conflicto. Pero en el mediano plazo, la cuestión fundamental será cómo cambiar un régimen político que ha estado sometido por mucho tiempo a poderes paralelos que han disputado al Estado sus tres funciones básicas: la seguridad, la justicia y la tributación.
 
En otras palabras, la pregunta de fondo es cómo construir Estado sin acudir a la violencia, pues el uso de la coerción por parte de actores privados ha sido decisivo para configurar las instituciones políticas de Colombia y el instrumento efectivo de poder y reconocimiento, en medio de una democracia estable pero de baja calidad.
 
En este contexto, las élites y la sociedad en su conjunto tendrán que decidir si la guerra seguirá siendo la manera como el régimen se relaciona con la periferia o si comenzamos a tramitar los conflictos sin acudir a las balas. Está claro que la firma de los acuerdos entre el gobierno y las Farc no significará el fin de la violencia política en Colombia, pues después del plebiscito tendremos que esperar a que el Estado asuma sus responsabilidades y acabe de cerrarles el paso a las formas extremas y violentas de resolver las diferencias políticas.
 
¿Por qué la violencia política?
 
La violencia política en Colombia se ha basado tanto en causas objetivas como en motivaciones subjetivas que pretenden imponer concepciones totalizantes de la realidad, como bien señaló Estanislao Zuleta. Aunque el origen de la violencia se encuentra en el enfrentamiento entre la defensa del establecimiento y la urgencia de reformas, esta se enquista en intereses particulares que determinan su curso.
 
Como advierte Fernán González, en la explicación de esta violencia no caben los términos maniqueos. La distinción entre buenos y malos, rojos y azules, blancos y negros, pierde sentido cuando se observa el proceso de formación de la sociedad y el Estado colombianos. La violencia en Colombia ha sido usada por el régimen político, por los paramilitares y por las guerrillas. Estos grupos se han entrecruzado con el narcotráfico y con las élites locales, han desdibujado sus ideologías y han servido como pretexto para reprimir lo que estorba.
 
Los actores armados han tenido todos los colores y sabores, y siempre han justificado el uso de la fuerza contra el adversario. En el plano local, patrones, gamonales y caciques han apelado al uso de la violencia para satisfacer ambiciones personales, adelantar procesos de apropiación e influir sobre las contiendas electorales.
 
Además, la formación de las clientelas se ha visto acompañada del uso de la violencia contra las redes de apoyo del contrario. En extensas zonas de la periferia nacional, las poblaciones, antes que inclinarse hacia un determinado partido político, tuvieron que plegarse a uno de los bandos, y así se fue configurando nuestro régimen político: en medio de ciclos de represión y pequeñas dosis de apertura. La violencia en Colombia ha sido usada por el régimen político, por los paramilitares y por las guerrillas
 
La distinción entre todos estos tipos de violencia en Colombia es un debate no resuelto, pues las fronteras entre las motivaciones políticas y criminales se desdibujaron en medio de la confrontación. El narcotráfico hizo su parte y la emergencia de economías criminales de distinto tipo impuso no solo el control territorial y la apropiación de rentas sino, sobre todo, la acumulación del poder político y la privatización de la seguridad y la justicia.
 
Como sostiene Jorge Giraldo, la violencia política de las últimas cinco décadas debe caracterizarse como una guerra. Una guerra “larga, compleja, discontinua y, ante todo, política (…) atroz entre los combatientes y muy cruel en cuanto a la conducta de los combatientes contra la población”. Esta confrontación armada ha mostrado que la violencia política está hecha de incapacidad estatal, desinterés del centro por la periferia y legitimización del uso privado de la fuerza.
 
¿Cómo será sin las Farc?
 
Sin duda, el desmonte de las Farc como grupo guerrillero y su tránsito a la actividad política legal marcarán el futuro de la violencia política en Colombia. En el corto plazo, el Estado tendrá el desafío de garantizar la protección de las comunidades, las organizaciones y los líderes en las zonas de influencia de esta guerrilla. También deberá brindar seguridad a los excombatientes y a los dirigentes del nuevo movimiento político.
 
En el largo plazo, el reto para el Estado será cambiar las condiciones que han facilitado el uso de la fuerza por parte de los privados, el empleo de las armas en la política y la violencia como mecanismo de poder. Esto implicará replantear las relaciones con las élites políticas locales, superar la dicotomía entre el centro y la periferia, disminuir la capacidad del crimen organizado para usar la violencia y la corrupción, y crear mecanismos institucionales de resolución de conflictos.
 
No hay que olvidar experiencias como el exterminio de la Unión Patriótica. Justamente hace treinta años fueron asesinados Leonardo Posada y Pedro Nel Jiménez, congresistas de este partido político, y desde entonces el uso de la coacción armada contra líderes sociales y organizaciones se ha mantenido, a pesar de algunos avances. Lamentablemente, entre el 26 y el 29 de agosto de este año fueron asesinados cuatro indígenas de la comunidad Awá en Nariño y tres líderes campesinos del Macizo Colombiano en el sur del Cauca.
 
Y según información del Ministerio del Interior, en lo que va del año se han registrado 38 asesinatos de líderes sociales. Estos hechos confirman que la agresión contra los líderes sociales no ha cedido aunque la confrontación armada haya bajado su intensidad. Mientras persista la impunidad, los actores violentos seguirán moldeado el sistema político del país
 
En una gráfica se muestra las cifras de agresiones contra líderes sociales registradas por el Programa Somos Defensores entre 2014 y junio de 2016. Como en la mayoría de los casos no hay claridad sobre quienes fueron los responsables, es importante destacar (como lo hizo Eduardo Álvarez en esta misma revista) que generalmente detrás de estos hechos hay conflictos que afectan directamente los intereses de poderes locales.
 
La disminución de la violencia política en el futuro dependerá de que no se repitan estos hechos y de que el Estado pueda esclarecer lo sucedido en el pasado y disuadir su repetición. Mientras persista la impunidad, los actores violentos seguirán moldeado el sistema político del país. Este es justamente uno de los principales desafíos que deberá enfrentar el Estado en la etapa de post-acuerdo con las Farc: evitar la aparición de nuevos ciclos de violencia.
 
Un acuerdo con garantías
 
 El acuerdo entre las Farc y el gobierno no solo señala las medidas necesarias para garantizar la seguridad de los exintegrantes de esta guerrilla y de las partes involucradas en el proceso. También sienta las bases para desmantelar el crimen organizado y su influencia sobre el Estado.
 
Las partes concuerdan en que para desmantelar las organizaciones criminales (identificadas como la principal amenaza para el proceso) no basta con crear unidades o mecanismos especiales de seguridad y justicia, sino que habrán de erradicarse los “factores estructurales” que han favorecido la emergencia de poderes paralelos al Estado. Esto demuestra que en La Habana se ha entendido que la construcción de la paz en Colombia exige un cambio de mentalidad de las élites y de la sociedad en su conjunto que deslegitime el uso de la coerción violenta.
 
Para esto, los acuerdos de La Habana proponen la movilización de diferentes fuerzas a favor de la política por las vías democráticas, a través un “pacto polític