05 Febrero - 2019

Así vivimos el día del terremoto

Ese imborrable 25 de enero de 1999 aún el Diario de Colombia fundado por el excongresista Carlos Alberto Oviedo Alfaro se mantenía en pie en su vieja edificación de la carrera 16 con calle 24.

 
Que no nos vuelva a pasar
 
Publicado en ene 25, 2019
 
La gráfica fue lograda por Carlos Humberto Hurtado al momento de evacuar las instalaciones del Diario de Colombia el 25 de enero de 1999. Eran minutos seguidos donde se refleja la dimensión de la tragedia.
 
Por José Octavio Marín Naranjo
 
La sede contaba con dos partes, la casa vieja tradicional construida en bahareque y la mitad hacia adentro una estructura construida en adobe con dos pisos y un mezzanine. En la primera planta se encontraban los equipos de impresión, acabados y demás accesorios; en la segunda, recepción, oficinas, sala de juntas, sala de ejecutivos de ventas, sala de redacción nutrida de computadores.
 
Esa segunda planta era agitada, el movimiento y la actividad se sentía en el día hasta media noche, los periodistas correteaban de un lado para otro, los reporteros gráficos producían su material del día buscando la mejor imagen para ser impresa en la maquina Harris, que era conducida en esos momentos por los hermanos Corrales, pero que había contribuido para formar grandes impresores de la región, Pacho Morales, Álvaro Pareja, entre muchos otros que formaron parte del equipo del Diario de Colombia desde sus inicios.
 
Era una linda empresa, que desde su inauguración nunca pudo sortear los problemas financieros, nació con abundancia, con la bonanza de su dueño que fue disminuyendo hasta quedar en cero, fueron muchas las afujías que se presentaron, hasta el día de su desaparición.
 
Y ese ocaso llegó precisamente el 25 de enero de 1999 cuando la tierra bramó, se sacudió y la edificación como muchas tantas se bamboleó de un lado a otro con el terremoto que significó el ayer y el hoy de la región. Los segundos fueron eternos, me quedé quieto parado al lado del marco de la puerta que daba ingreso a nuestras cómodas oficinas del segundo piso, recordé los protocolos de seguridad, párese al lado de una puerta, debajo de un escritorio o una cama, allí estaba solo esperando la caída de la edificación y tal vez mi muerte.
 
Por la ventaba oteaba como varias edificaciones cercanas se iban al piso, en el primer piso se encontraba uno de nuestros queridos reporteros, Carlos Humberto Hurtado, el famoso Pintadito hoy funcionario de la administración municipal, Carlos Humberto permanecía en la planta de producción con Audelino Ballén y el conductor de la máquina, el señor Albeiro Corrales.
 
Mi instinto me obligó a gritar y pedirles que se cubrieran mientras se mecía la casa, la parte posterior crujía y se desquebrajaba, cayeron paredes sobre los equipos, los muros se fueron al fondo y hubo destrozos, fueron los segundos más angustiosos, pero increíble. La primera parte del edificio se mantuvo intacta, no sufrió daños, así se conserva aún.
 
La 1:19 minutos de la tarde de ese día dedicado al Divino Niño Jesús de Praga, fecha en que nació nuestra gerente de Eje Noticias, Andrea del Pilar Marín Zuluaga, jamás se borrará de nuestras mentes, con ella iremos a nuestra tumba.
 
Quedamos encerrados por minutos
 
Después del susto tratamos por varios minutos de abrir la puerta que quedó atrancada, usamos todo tipo de herramientas, hasta que por fin logramos el objetivo, al salir a la calle encontramos la ciudad envuelta en polvo, en la esquina de la 25 un edificio en el suelo, la gente corría de lado a lado, la polvoreda era total, la imagen era de caos y tragedia.
 
Corrimos, por la carrera 16 frente a Telearmenia, al llegar al Banco de la República, vimos la dimensión de lo ocurrido, la notaría en el suelo y edificios colapsados, avanzamos y el horror aumentaba, heridos, gente ensangrentada, vehículos atrapados, un colapso total; de inmediato decidimos abrirnos cada uno a sus respectivas residencias a constatar la situación de nuestras familias, por fortuna ninguno de los cuatro tuvo el dolor que si vivieron muchas familias.
 
Recorrimos la ciudad de lado a lado, la angustia era desesperante, nos imaginábamos en una ciudad en guerra, ejemplo Beirut, pocas sirenas se escuchaban, el terremoto había destruido las sedes de nuestros protectores, el Cuerpo de Bomberos y la Policía Nacional, sus hombres enterrados bajo los escombros.
 
Caminando llegamos a Mercedes del Norte, una fuerte lluvia envolvía esa zona de la ciudad, llegamos mojados, emparamados, recuerdo que en el camino me encontré con el hoy diputado Néstor Jaime Cárdenas, iba compungido, adolorido, fue un breve saludo de solidaridad.
 
Al llegar a Mercedes del Norte encontré otro mundo, allí el terremoto se sintió pero no pasó nada, las familias tranquilas, el reloj marcaba las 2:30 de la tarde cuando arribé a la puerta del condominio, el vigilante del lugar con los pies encima del viejo escritorio, escuchaba música, relajado, tranquilo, lejos estaba de imaginar lo que había ocurrido en la ciudad y el departamento; reitero, en ese sector estaban en otro mundo.
 
Lloré de la alegría al ver mi casa intacta, mi familia bien. Ellos, menores de edad, Luisa Fernanda, Claudia Juliana, Cristian y Andrea tampoco suponían, ni entendían mi relato, jugaban aun en su inocencia con sus muñecas y carros. Solo doña Lilia interpretaba todo ese caos, también había vivido minutos antes ese sismo, le había tocado evacuar el Centro de Salud del Seguro Social del Barrio Granada donde laboraba.
 
Los organicé y los moví para que vieran el horror de la tragedia. Sobre las cuatro en la tarde me encaminé al apartamento de Antonio Gutiérrez frente al hoy Hotel Mocawa, me encontraba explicándole sobre los daños ocurridos en las instalaciones del Diario, Antonio era miembro de la junta directiva de la empresa y representante directo del señor Oviedo Alfaro quien estaba ya confinado en La Picota de Bogotá, nos repartíamos la historia del  terremoto que acababa de pasar cuando nos sorprendió la réplica, presurosos evacuamos el lugar por las escaleras que crujieron, allí pensé que había llegado nuestra hora final, sino ocurrió en el primer cimbronazo sería en este, no fue así, finalmente alcanzamos la calle.
 
Fueron horas de terror, de pánico y a partir de ese momento nos aprestamos a vivir la verdadera tragedia, muertos, heridos, caos, terror, y una más, las hordas que se integraron e intentaban llegar a los predios de familias de bien a robar y asaltar, fue otra película, es otro largo cuento que la historia jamás podrá borrar de ese fatídico 25 de enero.
 
La visita del amigo
 
Nunca olvidaré al amigo del alma de Manizales, Fredy Orozco Quiceno, quien a bordo de una camioneta llegó a la casa dos días después repleta de mercados, cantimploras con leche, agua, carne, era un regalo para mi familia. Fredy, mi amigo del alma, tenía la seguridad que estábamos sufriendo, gracias a Dios no fue así; al constatar mi afortunada situación al lado de los míos decidimos recorrer las calles y entregar los productos a familias que lo necesitaban.
 
Fredy, un hombre de grandes cualidades humanas, dueño de inmensas virtudes, lagrimeó, sufrió con el intenso dolor que padecíamos los habitantes de Armenia y el Quindío; Fredy vivió el desastre en todas sus dimensiones. Hoy reconozco al amigo de Manizales quien en esos momentos se acordó de Pepillo y su familia. Fredy ha sido un hombre solidario, pero ante todo un gran amigo.
 
Esta breve reseña la hago con el corazón adolorido, recordando el dolor de tantas familias. Con Carlos Alberto Noreña, otro gran amigo hoy recordamos lo sucedido, él, el doctor Noreña era gerente de Jardines de Armenia y fue el encargado de enterrar a cientos de cadáveres en el parque, él sabe cuántos ciudadanos, niños, jóvenes y adultos fueron a parar a las fosas una vez perdieron la vida bajo los escombros de sus viviendas o edificaciones, es uno de los grandes testigos de esta historia, de esta tragedia que partió la ciudad en dos, el ayer y el hoy.
 
No tenemos espacio para relatar todo lo vivido y lo que ha significado estos 20 años de recuerdos represados o acumulados, de nostalgia, de vivencias que nos dejó y nos aportó el terremoto del 25 de enero de 1999.