04 Junio - 2016

Alfonso Castillo Gómez visto por el periodista Orlando Cadavid



Así escribía Alfonso Castillo Gómez
 
Por Orlando Cadavid Correa
banrepulcult.org.co
 
Tantas vueltas y revueltas
 
El ambiente ha tornado a saturarse de ciclismo. Como quien dice, de caramañolas, tubulares y pinchazos… y hoyos. Los locutores radiales, desde luego, en su apogeo, lanzando alaridos y repitiendo idénticos anuncios, frases y gazapos a los emitidos en la primera, la segunda, la tercera, la cuarta y la quinta vueltas. Los campeones “volvieron por sus fueros”, lo que significa que cada cual ha de averiarse el cuerpo en no menos de 49 partes distintas, sin contar varias honrosas raspaduras en los cachetes y en la cabeza una abolladura como para colgar de ella un galápago.
 
Quien esto escribe, no es aficionado al exhaustivo deporte en cuestión. Si es que de deporte puede calificarse una jornada tan cruelmente calculada y en la que del punto de partida salen, todos eufóricos, benditos y con calcetines limpios 68 cachifos de los cuales apenas regresan 17, después de dejar un riñón en Campoalegre, medio pie en Caramanta, la nariz en Honda y los intestinos regados como señales de “paper chase”, por el territorio nacional. Que para todos los buenos hijos de esta Colombia ha de haber un pedacito de algo.
 
Si, amigos, que hemos vuelto a la vuelta. Con los mismos saludos “a mi apá, a mi amá y a mis patrocinadores”; y la consabida y apremiante petición de que “me giren a Buga”; el intento de escapada del rutero pastuso, a quien Hoyos (Ramón), con su fino olfato, no tarda en dar alcance; el espectacular porrazo de un tal Bustos al cruzar la meta, y, en fin, todo aquello que hemos de soportar resignadamente cada año. Con una sola excepción o novedad: esta vez la largada se efectuó en Bucaramanga.
 
Cosa que para muchos de ustedes, amables lectores, es posible que no revista mayor importancia, aun cuando sí la tiene y bastante grande desde el punto de vista de la integridad física de los pedalistas. Nos referimos a que en veintiún días de cicla, la parte del cuerpo que más ha de aguantar es aquella hecha para sentarse, los organizadores del evento consideraron que no podía haber mejor lugar de entrenamiento que aquel donde se dan las hormigas caderonas, únicos ejemplares equipados adecuadamente para una prueba de esta índole.
 
(Publicado en la columna Coctelera, de El Espectador, el 22 de junio de 1956)
 
A los 85 años murió el periodista Hernando Giraldo
 
En memoria de un librepensador
 
Comenzó su actividad periodística en ‘La Patria’, de Manizales, y durante 32 años fue columnista de El Espectador.
 
Por Jorge Giraldo Acevedo / Especial para El Espectador
 
En memoria de un librepensador
El periodista Hernando Giraldo. / Archivo
Durante 32 años, entre finales de los años 60 y los 90, el periodista Hernando Giraldo escribió en El Espectador su Columna Libre. Sin tapujos ni rodeos, con un estilo claro y directo, denunció por igual las injusticias y los malos manejos públicos de una larga cronología de sucesos nacionales. El pasado jueves falleció en la cercana población de La Mesa (Cundinamarca), a donde se había retirado a seguir leyendo, escribiendo y deliberando por un país íntegro y laborioso, como lo fue su vida.
 
Nacido en el municipio de Neira (Caldas) en julio de 1928, en el hogar formado por Camilo Giraldo Peláez y María Álvarez Jaramillo, desde temprana edad lo suyo fue el conocimiento. Aunque batió récord de planteles en su adolescencia para terminar su bachillerato, los libros nunca faltaron en su formación autodidacta. Cursó cinco años de derecho y ciencias políticas en la Universidad Javeriana, en los tiempos del recordado decano Gabriel Giraldo, pero nunca se graduó oficialmente. “No sé si por bruto o por demasiado inteligente”, según solía decir con tono sarcástico a sus familiares, amigos y colegas.
 
Alcanzó a realizar su año de judicatura en Bojacá (Cundinamarca), pero definitivamente su destino era hacerse empresario y periodista. Durante seis años fue reportero y columnista en el periódico La Patria de Manizales, bajo la dirección de José Restrepo Restrepo, y después en el diario conservador La República, con el auspicio del dirigente político y escritor Silvio Villegas.
 
Por la misma época se empezó a destacar también como promisorio empresario. Cuando apenas tenía 31 años, con escasas escobas, traperos y equipos fundó en septiembre de 1959 la empresa de aseo Casalimpia. Hacia agosto de 1967 fundó el restaurante El Zaguán de Las Aguas, que llegó a ser un sitio referencial de la ciudad. Con el manejo administrativo de una nueva generación de su familia, hoy Casalimpia se mantiene con más de 8.000 empleados, la mayoría mujeres cabeza de familia.
 
Aunque no abandonó su faceta de activo empresario, sus mejores horas las dedicó al periodismo. Sobre todo desde que Gabriel Cano lo reclutó para las páginas editoriales de El Espectador. Un momento de antología para compartir espacio con escritores de la talla de Lucas Caballero Calderón, Antonio Panesso Robledo, Abelardo Forero Benavides, Lucio Duzán, Darío Bautista, Fabio Lozano Simonelli, Alfonso Castillo Gómez, Luis Lalinde, Lino Gil Jaramillo, Gonzalo González y Manuel Drezner, entre otros.
 
A diferencia de la mayoría de escritores públicos de su época, nunca utilizó su apellido materno Álvarez. Tampoco usó pseudónimo ni dejó conocer demasiado su rostro. Hernando Giraldo a secas fue su impronta personal. Sin parentesco alguno con “los periodistas gorilas”, como se denominó entonces a Iáder y Alberto Giraldo, entre otros reporteros políticos en los tiempos del Frente Nacional, ni con cualquier otro de los miembros de la “giraldera periodística de Colombia”, como solía decirlo.
 
Hace 20 años se retiró a una pequeña finca en La Mesa. Allí se recluyó con sus recuerdos y una larga secuencia de anécdotas que constituyeron su vida: sus horas de periodista radial con el programa Ají Pique de RCN Radio, sus remembranzas y controversias con la aguerrida periodista Consuelo Araújo Noguera, a quien bautizó La Cacica; 32 años de columnista de El Espectador que dejaron su peculiar testimonio. El pasado jueves, a sus 85 años, su corazón se detuvo y con él su extraordinario talento.
 
Especial para El Espectador, retomado por este medio virtual dada la importancia del personaje.